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La Barcelona Gastronómica |
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Para que el cabeza de familia no comiera en la mesa familiar tenía que ocurrir algo muy importante, y para que en esta ausencia le acompañara su esposa, ama y alma del hogar, las circunstancias tenían que ser excepcionales. La costumbre, cada día más habitual, de la esposa comiendo en un restaurante con las amigas, sin el marido y sin la familia a su alrededor, era impensable para cualquier hombre o mujer de nuestro país hace apenas treinta años.
Porque una de las características más conocidas de los catalanes es, precisamente, su apego al comedor doméstico. Otra, su apego a los platos sencillos, que han perdurado a lo largo de generaciones: la sopa o la escudella los días laborables, el arroz los jueves, los canelones de los días de fiesta... Costumbre que posiblemente ha pesado lo suyo en su forma de entender la vida, y, por supuesto, ha significado un handicap para los negocios de restauración que intentaban hacerse un hueco en nuestra geografía urbana.
Las primeras casas de comidas de cierta entidad las abrieron, ya en el siglo XVIII, cocineros italianos; de ahí que se llamaran becos. La palabra restaurant se incorporó en el siglo XIX, con las tropas napoleónicas. Posteriormente, los cocineros franceses se hicieron los amos del negocio, y suyos fueron los mejores establecimientos de la ciudad: El Café de París, en la Plaça Reial (1858), más tarde el Restaurant de França (1861)... aunque la gente sencilla seguía comiendo en las fondas, que tenían un lenguaje propio para citar las viandas. Así: sopa con balas (con albóndigas), arroz con zapatitos (con mejillones), tortilla con piedras (con patatas)... el plato de judías se denominaba las cuarenta mil vírgenes, y las judías con arenque, bailarinas con la reina de los mares, entre otros curiosísimos nombres.
De los más lujosos, ninguno sobrevivió a la guerra civil ni a la durísima postguerra. Pero si descontamos los comedores de las más históricas fondas (del árabe fondac: hostal para cristianos en tierras de morería, o para mahometanos en tierras de cristianía), que ya en el siglo XIX elevaron el nivel de confort de los antiguos hostales, las casas de comidas que han llegado a centenarias son escasas, y casi todas han pasado por cierres y cambios de propietario.
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