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Rutas Gastronomicas : LA CIUDAD DE LAS TERRAZAS |
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LAS GRANDES TERRAZAS DE AYER
Sin embargo, las terrazas no son un descubrimiento de hoy. Aparecieron cuando la ciudad empezó a ensancharse y los automóviles sustituyeron a los carros y tranvías de caballos en las calles polvorientas, sin asfaltar ni adoquinar, llenas de excrementos, donde las cabras circulaban a sus anchas. Hablo tan sólo de un siglo atrás.
Porque la moda de que mesas y veladores se coman las aceras, nace durante la Primera Guerra Mundial (1914-1918), que dejará caer sobre la ciudad una lluvia de oro. Durante esos años, la invasión de extranjeros cambia muchas costumbres. Escribe un periodista de la época: “Empiezan a beberse nuevas bebidas: el gin-whiskies, el conyac-colt, el sherry-flip, precursoras del cóctel, el gran boom. Empiezan a iluminarse las fachadas de teatros y cabarés, y las terrazas de los cafés están abarrotadas día y noche”.
Firmado ya el armisticio, un articulista explica aterrado en La Vanguardia: “La barbarie en las costumbres se extiende: las calles se han convertido en un peligro para niños y viejos, pues coches, motos y camiones llenan los paseos. Y si uno procura guarecerse en las aceras, las encuentra invadidas por las terrazas de los bares, que llenan los bebedores de cócteles”.
Ni la penuria de la posguerra civil pudo con ellas. En Barcelona y la noche, Ángel Zúñiga señala las que marcaban la moda en los años cuarenta: Sandor, Hernáiz y Mary en la plaza de Calvo Sotelo (hoy Francesc Macià); en la Diagonal, Sacha, Bagatela, Granjas la Catalana y la más chic: Parellada, en el ángulo que forman Còrsega y Diagonal, donde “las niñas presumen como figurines del "Vogue", dice. En el paseo de Gràcia, La Puñalada, Salón Rosa y Términus, aunque ahí molestaba el silbido de las locomotoras que pasaban por la zanja de la calle de Aragó; en la rambla de Catalunya, La Jijonenca, Turia y El Oro del Rhin, ya en la esquina con Gran Via y a un paso de la Casa del Llibre (Gran Via, entre rambla de Catalunya y paseo de Gràcia), con la terraza favorita de la jet de los años veinte: situada en el centro del paseo, era tan espaciosa que tenía incluso pista de baile.
Medio siglo después, de todas ellas sólo queda Sandor.
Al filo de los años setenta, a la pregunta: “¿Cuál es su ocupación preferida?”, el crítico Sebastià Gasch contestó: “Las terrazas de los cafés”. Y recuerda que las de la parte alta eran ingenuas: de horchata, helados, granizados y niñas de ojos claros mirando la luna, mientras que las de la ciudad vieja, y sobre todo La Rambla, ofrecían el espectáculo de las minifaldas más deslumbrantes y ardientes (“enlluernadores i bullents”) de la canícula y el bric-à-brac manicomial que gritaba, muy a la napolitana, la llegada del verano.
Será por todo eso, por los años que han vivido, que hoy las terrazas han llegado a la mayoría de edad (“han posat seny”). En las de La Rambla, en las de la Plaça Reial, donde hay tantas que parecen pareadas, el ruido (“el brogit”) ensordecedor que nunca cesa llega del asfalto, nunca de las mesas. Hoy, muchas calles de Barcelona, sin las plantas y los toldos de tantas terracitas, dejarían de tener sentido. Hay que dejarlas crecer y multiplicarse, aunque algunas, o muchas, tengan que cerrar prontito, como escribió Zúñiga: “... a la salida de los espectáculos, último grito de la noche decente”, para que los vecinos puedan descansar.
LAS TERRAZAS DE HOY
No obstante, todo lo dicho no es más que un preámbulo para que nos acompañen en un recorrido por las zonas donde más proliferan, pero también por alguna placita recoleta, sin olvidar tantas esquinas que las lucen con cariño. Así, las hay a docenas:
En toda La Rambla y la Plaça Reial, un siglo atrás reservadas a los cafés y restaurantes más lujosos y hoy feudo del turismo, con El Cafè de l Opera, como pieza casi museística, y los Ambos Mundos, Quinze Nits, Taxidermista, Club 13 entre otros locales, bajo los porches de la plaza.
En el paseo de Joan de Borbó (Zahara, DZI, Can Costa, El Suquet de l Almirall...), muy bulliciosas, y en el Palau de Mar (plaza de Pau Vila), que por su situación, de cara al Mediterráneo, de espaldas a la circulación, alberga las más tranquilas ( Cal Pintxo, Merendero de la Mari, La Gavina...).
En la amplia fachada marítima, la mayor concentración la marca el Port Olimpic con cuarenta y tantos locales, todos con su parcela al aire libre, aunque la mayoría la mantienen cubierta para evitar el sol excesivo y el relente del mar. Muy cerca, se le suman las del Passeig Marítim ( Agua, Shoko, i Bestial, ya con los pies en la arena), las de Maremagnum ( LEix al Moll, Piccola Italia, El Chipirón, Ginos...) y las de la ronda del Litoral y playas de la Mar Bella o Nova Icària ( Xiringuito Escribà, La Oca Mar, Mango...)
Sin dejar Ciutat Vella, allí también están el paseo del Born ( Rosal, La Taverna del Born...), el paseo de Picasso ( Gente de Pasta, Suborn, Pucca, L Hivernacle de la Ciutadella...), Pla de Palau ( Al Passatore, Estrella de Plata, Lonja de Tapas... ) y la recién incorporada rambla del Raval, repleta de cocinas étnicas.
En el Eixample, paseo de Gràcia ( Samoa, Tenorio, Quasi Queviures...), rambla de Catalunya ( Bel·luna, Cinco Jotas, Capitán Cock, La Bodegueta...), y la semipeatonal Enric Granados, con el Ponsa como comedor histórico, y El Trovador, en la zona peatonal que toca a Diagonal.
Y más arriba, en Sarrià-Sant Gervasi, las de Doctor Fleming ( Keik ) y del abigarrado espacio de Santa Fe de Nou Mèxic donde antaño estaba Piscinas y Deportes ( Ándele, La Oca...)
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